Entramos en un nuevo bloque y para darle la bienvenida que se merece, haremos un taller de comunicación literaria. Formamos grupitos pequeños en los cuales cada miembro tendrá un papel diferente. Estos papeles equivalen a unas estrategias a la hora de contar un cuento tales como la lectura, la narración con libro, la declamación, cuentacuentos y la narración dramatizada.
Esta última fue la que tuve que llevar a cabo teniendo a mis compañeras como oyentes activas. Por lo tanto, tuve que contar el cuento gesticulando (sin pasarse) cuando algún adjetivo o verbo me lo permitía, cuando algún personaje aparecía o cuando la situación del cuento era clave para ello. Además de preguntar a las “niñas” sobre aspectos que ya se habían narrado con anterioridad para que gesticulasen al igual que yo lo hacía también. De esta manera, se podrán sentir identificados con los personajes al realizar las mismas funciones que ellos.
Para desarrollar dicha estrategia, me basé en una historia llamada “Las líneas de la mano”:
Hace mucho tiempo, una anciana tuvo que cuidar a sus cinco nietos que se habían quedado huérfanos. La mujer trabajaba durante todo el día para poder alimentarlos. Por las mañanas, antes de irse, les dejaba preparada la comida, reservando una pequeña cantidad para comérsela ella cuando llegaba por la noche.
Así fueron pasando los días, los meses y los años. La anciana veía crecer a sus nietos y confiaba en que muy pronto podrían ayudarla.
Pero comenzó a suceder una cosa muy extraña. Una noche, al regresar a casa, la anciana sólo encontró la mitad de su ración de comida. Creyó que los ratones o algún gato habían descubierto su escondite y, a la mañana siguiente, cambió de sitio la pequeña escudilla donde guardaba su alimento. Pero esa noche comprobó con sorpresa que de su comida de aquel día apenas quedaban dos bocados.
Durante los días siguientes, su ración seguía disminuyendo, a pesar de los nuevos escondrijos que buscaba. Y así hasta que llegó una noche en que el ladrón no dejó ni una migaja. La anciana no tuvo más remedio que acostarse sin probar bocado.
-No puedo seguir así – pensó, porque si no como lo tendré fuerzas para trabajar.
A la mañana siguiente llamó a sus nietos y les preguntó cuál de ellos robaba su comida.
“¡Yo no he sido!”, dijeron, uno tras otro, los cinco jóvenes. La anciana les dijo entonces:
-Que el culpable no tenga miedo, no le voy a castigar. Sólo quiero que no lo vuelva a hacer.
Pero como ninguno se declaró culpable, la mujer les dijo:
-En ese caso, será el fantasma de la laguna quien descubrirá al culpable y me lo señalará.
La mujer llevó a sus nietos hasta la orilla de la laguna, a un lugar donde el agua apenas cubría hasta las rodillas. La superficie del agua estaba lisa y tranquila, sin rastro de oleaje. La anciana les dijo que entraran al agua.
-El fantasma de la alguna me indicará quién es el ladrón – les aseguró.
El primero de los jóvenes entró en el agua, cantando:
“Si yo he sido el ladrón
el fantasma lo sabrá
y con un fuerte estirón
por siempre me llevará”
Su voz no temblaba y el agua siguió lisa y tranquila.
El segundo joven también entró en el agua cantando y nada raro ocurrió. Y lo mismo pasó con el tercero y el cuarto.
Pero llegó el turno del menor de todos. Lentamente entró en el agua. Sus piernas temblaban y sus dientes chocaban. Su voz estaba ronca cuando empezó a cantar la misma canción que sus hermanos:
“Si yo he sido el ladrón…”
Al decir esto, el agua empezó a inquietarse y se formaron algunas olas.
“…el fantasma lo sabrá…”
De pronto, el agua, que a los demás sólo les cubrió las rodillas comenzó a subir por encima de sus muslos.
“…y con un fuerte estirón…”
El agua comenzó a formar burbujas a su alrededor y a cubrirle por encima del ombligo.
“…por siempre me llevará”.
En ese momento el agua formó un gran remolino y comenzó a arrastrar al joven hacia el fondo, como si la mano invisible de un fantasma estuviera tirando de él. El joven gritó. Sus hermanos aterrorizados, fueron incapaces de hacer un solo movimiento. Sólo la anciana, arrepentida de haber sometido a sus nietos a esa prueba, se metió en las agitadas aguas para intentar salvarle. Pero el joven se hundía tan deprisa que apenas tuvo tiempo de cogerles por los cabellos. Y sólo a fuerza de tirar y tirar de ellos logró sacarle después de grandes esfuerzos. Tan fuerte tuvo que tirar, que las palmas de sus manos quedaron marcadas por una gran cantidad de finos trazos, de líneas rectas y curvas.
Y es por eso que, desde entonces, los humanos tenemos las palmas de las manos llenas de líneas.
Es una historia que leía siempre de pequeña y me fascinaba. ¡Creo que hasta en algún momento me la llegué a creer!
Así que veía interesante volver a recordarla y transmitírsela oralmente a mis compañeras. A ver si les parecía igual de curiosa que a mí…
Era mi turno y sin saber por qué, estaba nerviosa. Comencé y los nervios desaparecieron poco a poco e intenté imaginar que de verdad eran niñas pequeñas y creo que fue a partir de ahí cuando me empezó a salir más natural. Quizás porque por los niños no te sientes analizada.
Intenté modular la voz con una intensidad adecuada y articulando correctamente las palabras, aunque no lo conseguí del todo. El tiempo limará estos fallitos, ¿no?
Haciendo a un lado mi experiencia personal sobre el taller de comunicación literaria, decir que es realmente importante desarrollar dichas estrategias. No tenemos por qué escoger una y exprimirla hasta que los niños estén hartos de lo mismo aunque la historia cambie. Con todas las estrategias prácticas que hay, ¿por qué no variar a la hora de contar un cuento?
Como ya sabemos, les ayuda a formar su esquema narrativo, a desarrollar la comprensión lectora y a plantearse diversas hipótesis sobre el desarrollo de la narración. Como también a identificarse con numerosos personajes y situaciones que éstos viven. Además siempre pueden conjugarse con actividades posteriores donde se les permita reflexionar sobre lo ya leído.
“Cualquiera de nosotros puede convertirse en un trasmisor de ilusiones, sueños y fantasías”
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